Bienvenidos al país sin fronteras

Todo lo escrito rompe las fronteras de la libertad, son muestras de mis sentimientos y la verdad es que lamento que sólo me inspire la tristeza. No obstante, espero que os gusten mis textos/relatos, y si es posible, que os lleven a reflexionar. Un saludo.

viernes, 2 de marzo de 2012

¿Para qué?

Ojalá las hojas muertas no cayeran nunca de su hogar,
buscando en el suelo una esperanza que no va a llegar.
Ojalá el pájaro no abandonara su nido,
que después extrañará, cuando se encuentre perdido.
Ojalá la rosa viviera para siempre, inmortal,
ojalá el corazón reine, si es que llega, hasta el final.

Ojalá el amor sólo tuviera un filo,
sólo una dirección, como la que recorre la vida,
y no jugara con lo incierto ni atacara las heridas.
Ojalá tu calor me abrigara esta fría noche,
recordándome que un bache en el camino
no significa que ya no controle mi destino.

Ojalá el viento siempre soplara a mis espaldas,
siempre dando oxígeno a este náufrago,
siempre llevando el barco hasta tu mirada.

Y si tras cada alegría se esconde tristeza,
y si tras cada agonía se oculta la dicha...

¿Para qué el llanto? Si la realidad se desmorona,
cuando se seca la última lágrima y se ultima el testamento,
la verdad cada vez más dura, de que hora tras hora,
la muerte está servida.
¿Para qué la risa? Si el instante fugaz se fuga
tras su despertar y desaparece con miedo
de que nunca le vuelvan a llamar.

¿Para qué un final? Si en mi corazón la duda jamás duerme,
si en mi interior la alegría rara vez viene a verme.
¿Para qué un comienzo? Tras cada vivencia y rogando demencia,
me doy cuenta de que cada camino lleva al tropiezo.

¿Para qué el reloj? Que susurra imperturbable,
que todo acabará, y que el término tarde o temprano llegará.
¿Para qué contar cada segundo? Si al vivir moribundo,
tras cada momento, tras cada segundo, estoy mas cerca de morir.

Puede que en el sendero no halle más que un recuerdo,
y siento que cada latido ya no es sincero.
Quiebra, retumba y me acosa, evoca mi debilidad
y con su habitual crueldad,
cada paso sólo me sumerge más en la inmensidad,
me llena el vacío de que tras cada desvarío todo es peor,
y el delirio me distrae de la batalla en mi interior.
Y cuando incluso muere el instante...
no me queda otra que admitir que es cierto,
la verdad grabada en mi corazón por mi pecho cubierto,
vivo para convencerme de que aún no he muerto.

-Sergi Bosch

lunes, 27 de febrero de 2012

En la cima del mundo.

Sentado en la cima del mundo,
desamparado, hastiado, solo atento
al rumor que retumba desde lo profundo,
como un tambor, incita con furia
la duda en mi interior.

Al acabar, comencé, pues no hay final.
Y al comenzar, lo logré, porque mi valor
y mi miedo se miran de igual a igual,
mi confesión: no me guía el honor,
pero tampoco temo al dolor.
No se trata de valentía o de heroísmo,
del impulso de ser común y a la vez raro,
de cogerte de la mano, de mirarte a los ojos,
y borrar de tu corazón cada reparo.
De acompañarte en tu caída al abismo,
de que me devuelvas la mirada y sonrías,
pues sabes que pese a cada cicatriz, soy yo mismo.

Mas tal como los pétalos de una rosa,
que se marchitan y sucumben,
me encontraba yo en mi lúgubre madriguera,
atemorizado, con mi plegaria, escapar de la soledad,
mientras mi esperanza y mi voluntad se consumen.
Al dirigir la vista a la inmensidad,
comprendí que pese a elevarme sobre el resto,
no soy superior a nadie.
Ni siquiera de los necios que no cuestionan lo incierto,
ni de los que viven como les mandan
y mueren cuando se lo ordenan.

Exasperado y confuso, eché un vistazo al cielo.
Me sentí en casa, pese a estar tan lejos de mi morada.
Las estrellas, tenues y difusas decoran mi decadencia.
Caí en la cuenta; la noche no estaba nublada,
eran las lágrimas que brotaban de mi mirada.
Al mirar mis manos, empecé a entender el motivo de mi escalada.
Nadie hará por mi, lo que yo no haga.
Y las arrugas de un millar de vivencias,
las heridas de incontables caídas...
¡No desaparecerán!
Pues permanecen para recordar mi lucha hasta el fin de mis días.

Busqué con mis ojos el firmamento,
emocionado aunque demasiado cansado,
esperando compartir mi descubrimiento.
Olvidé que estoy sólo,
sin nadie con quien compartir mi conocimiento.

Y al empezar a bajar, una voz retumbó en mi pecho,
las plegarias fueron atendidas y curada mi maldición.
La dicha sacudió mi moribundo corazón.
Un susurro llegó desde lo mas recóndito de mi ser:

"No hay cima muy alta,
sólo dudas en la subida.
No hay mayor miedo,
que el temor a la caída"

-Sergi Bosch

sábado, 28 de enero de 2012

Hijo.

Y me senté a reflexionar hijo, a la luz del fuego que alumbra mi hogar.
Y comprendí el sentimiento que tanto se hace en mi de rogar,
pues querer es difícil y créeme que no hablo por hablar.

Y cuando toda esperanza se torna un recuerdo,
descubrí que las promesas de corazón mueren en el pasado,
se consumen en su propio encanto y de nada sirven,
pues al dejarlas atrás, vacías han quedado.

No hay veneno más dulce que el dolor de quererla.
No hay mayor realidad, que la magia de volver a verla.

Que la vida no espera por tí, que no tiene compasión.
Que nada le impide hacerte sufrir en cada rincón,
pero las penas, y no te miento, se combaten con el corazón.
Y que la decisión correcta es a veces la descartada,
como si se tratara del viento que golpea con furia tu cara
pero lo ignoras con convicción, pues te aleja de tu amada.

Alcancé a entender también, que no siempre
te darán la misma moneda.
que la gente no es lo que esperas y poco a poco aprendes
que decir lo que sientes es suicidarse y desde ese momento, mientes.
Como esa noche perfecta, que me acosa y me atormenta,
porque hijo, la vida es difícil, y debes luchar para que cese la tormenta,
porque en un mundo desigual y despiadado, nada de valor es regalado.

Y las lecciones que con tanta obsesión intentaron inculcarme
de poco han servido, pues para aprender hay que fracasar.
Vivir día a día es convivir con la seguridad de equivocarse,
no dejes que las dudas acosen tu deseo,
no permitas que te persiga el temor al error,
incluso yo, no te guíes por lo que creo, por lo que veo,
traza tu camino al escuchar cada latido,
y no tengas miedo de acabar perdido.

Lucha contra el pasado, y sé libre. Que el ayer no
te tenga prisionero, nunca seas su esclavo.
Puede que en algún instante, olvidando cada reflexión,
caigas en la cuenta de que repites un error,
llámalo esperanza, llámalo estupidez o llámalo amor.
Algunas veces caerás al suelo, y creerás descansar.
Pero deséngañate, cuando está todo perdido es el momento de actuar.
¿Y sabes una cosa? Esa lucha contigo mismo,
es gran parte de la magia de la vida: siempre te puedes volver a levantar.

Te preguntarás pues, como es que el corazón de papá se ha parado,
demasiado cansado para una lucha demasiadas veces perdida,
y mi voluntad vencida, en algún lugar pasado yace y yacía.
Sé que no predico con el ejemplo, y reconozco mi debilidad,
hijo mío, mi final pronto está por llegar...
y tu y yo no volveremos a hablar. Escucha mis últimas palabras,
no dejes que caigan en el olvido, crea para ellas un lugar:

El error de tu padre, es la libertad de la esclavitud.
El placer del dolor y la felicidad de la tristeza,
pues todo es más fácil cuando una escusa acompaña cada gesta,
y el verdadero final de una historia, es olvidar como empieza.

-Sergi Bosch

lunes, 26 de diciembre de 2011

A la deriva. (RAP)

Soy un náufrago a la deriva,
mi corazón ya no late,
mis pulmones ya no respiran.
Vivo mi espera y no sé que espero,
súbitamente recuerdo todo cuando quiero,
el oxígeno de mi bombona marca cero,
cierro los ojos... ya me muero...

Tras la larga travesía,
las horas se volvían equívocas,
las olas mi velero mecían
y pese a mi esmero,
no pude evitar la embestida.
Me desperté en arena, el mar me rodea
y un temor ahora presente como realidad
nubla mi atolondrada mente,
incita al miedo en mis venas.
Preso de la soledad ahora y sin remedio,
aguantaré mi lamento hasta el tedio,
con perdón relato mi versión,
no sé si saldré de aquí
y en estas páginas blancas,
igual sólo por si acaso,
voy a componer mi vida y mi fin
mi testimonio de que soy real
y de que existí.

Porque ahora con las nubes cubriendo el ocaso,
se hace insoportable el paso de la conclusión
de mis días, mi alma no encuentra posible la calma
y ya no puedo impugnar cuerdo con la idea
de reducir mi mundo a este perdido rincón.
Puede que vivido lo vivido, ha rehuido el motivo
pero no me sorprende, Dios nunca me ha querido,
y contando ahora cada latido me pregunto,
si la importancia de cada momento,
algún peso fuera de mi universo tuvo,
porque evocando lo que una vez hubo,
lo que tuve y con desidia desprecié,
no me lo puedo creer, lo que daría
por volverlo a tener.
Quizás la condena es justa,
arde como el golpeo de una fusta
y ahora que me encuentro en el destierro
proclamo; ¡Dios, jamás extinguirás en mi el verbo!

Soy un náufrago a la deriva,
mi corazón ya no late
mis pulmones ya no respiran.
Vivo mi espera y no sé que espero,
súbitamente recuerdo todo cuanto quiero,
el oxígeno de mi bombona marca cero,
cierro los ojos... ya me muero...

Cada día se vuelve un suplicio,
y sé que todo está tan mal
cuando regodearme se vuelve un vicio,
cuando la sinfonía del infierno suena
sin igual y me reclama,
y como reclamo la esperanza de un futuro
lejos de este invierno que a golpes
me ha vuelto maduro.
Qué más da su eterna sonrisa,
si el viento que azota mi rostro,
acompaña a la brisa con la premisa
de que la espera siempre se paga cara.

Aquí en mis últimas horas no hay rasgos
de piedad etérea, entera está la complicidad
entre del testamento de mi lamento,
ahora cubierto de amargura,
de la que penetra los huesos, de verdad.
Y no sé cuanto dura el final ni que se espera,
pero si se que prefiero afrontar el desenlace
con valor, pase lo que pase, mejor de pie,
que sobrevivir mal. Y sin igual,
creo que va siendo hora de aceptar la verdad,
nunca creí que en mi muerte todo fuera tan... normal,
me confieso, fracasé con mi sueño
y con lágrimas empaño lo escrito pues es cierto,
siempre quise volver real lo incierto.

Soy un náufrago a la deriva,
mi corazón ya no late
mis pulmones ya no respiran.
Vivo mi espera y no sé que espero,
súbitamente recuerdo todo cuanto quiero,
el oxígeno de mi bombona marca cero,
cierro los ojos... ya me muero...

Y ahora que está todo por terminar,
una ternura inesperada visita el término,
el desenlace del epílogo de este viajero
atrapado por huir del amor irónico,
por escapar de lo típico, por negar el temor
a mentir, por luchar por lo que quiero,
por vagar por el camino inesperado,
ignorando el reclamo del sendero de rosas,
y tras tan trágico cuento, me doy cuenta
de que así están las cosas.
Para tan triste narración, no hay balsa
que me mantenga a flote, no hay coraza
que resista este choque.

Puede que sólo veas el delirio de un corazón,
desde siempre varado, a la deriva
suplicando perdón consciente de que está acabado.
Este funesto relato, para mi es mi vida,
para ti es la lectura de un rato.
Ahora que sólo me queda dejar de respirar,
sonrío pues caigo en la cuenta...
de que un final feliz, es una historia sin acabar.

-Sergi Bosch

martes, 20 de diciembre de 2011

Perdura.

Me desvelo pensando en lo que aún perdura,
y lentamente instante a instante
pierdo la cordura.
Qué bello escenario es la noche que acompaña
a mi soledad, que me aprieta cual atadura
y tapa el viendo a este corsario,
el retorno a la realidad.

La luz de mi lámpara ilumina el papel,
en el ataúd mi única posesión es este clavel
manchado de la tinta de todo cuanto siento,
perdido en el que es mi retiro en un vergel,
que tras mucho éxito caí en el intento
en un mundo que se derrumba por momentos.
Las paredes me aprisionan y no me dejan respirar,
el camino es difícil cuando se promueve la vanidad
y los pocos principios al coro de las risas
se abandonan por olvidar que es el suelo lo que pisas.

Al recordar pierdo toda cordura,
sé que mis heridas no tienen cura
y lentamente a esta hora me posee la locura,
tras esta dura despedida no hay pérdida.
Y ahora que me libro de mi atadura,
te confieso que en mi corazón tu recuerdo aún...
perdura.

Cuando se olvida lo empíreo al coro del designio
del delirio de este tirano que puebla mi mente
y prohíbe el paso al subconsciente que me recuerda
que cuando quise volver eterno lo efímero
la vida me golpeó y una espina se me clavó,
me envenena y nubla mi juicio de lo que pasó,
pero a susurros me recordó que para creer tengo que verlo
y por eso el destino y las normas no transitan mi sendero,
pues yo vivo como creo y creo que ya no hay premonición
que alumbre este lúgubre corazón, malherido de la ponzoña
de la visión de una sociedad innecesaria que a mi vida acompaña,
salpicado con su propia sangre por tu traición.

Y si esto es cuánto me queda, la agonía del pretérito
manchando en tu nombre cualquier mérito,
la revelación de que se corrompe lo legítimo,
del héroe de las causas perdidas que cae vencido,
con el escalofrío de la muerte inspirando terror
hiela mis huesos y congela mi mente,
pero su gran confianza es su mayor error
pues el miedo sólo ha despertado mi valor.
Si pienso en lo que se pierde y en lo que llega,
me doy cuenta de que este pájaro nunca despega
y como pega, la vida en el suelo carece de consuelo,
se pierde el conocimiento y se desarma el momento,
porque con gran desaliento reconoces que ahora tu única verdad
es mirar y suplicar piedad al firmamento encomendarte a lo etéreo.
La gran trampa de la corveta que mueve en dirección contraria la veleta.


Al recordar pierdo toda cordura,
sé que mis heridas no tienen cura
y lentamente a esta hora me posee la locura,
tras esta dura despedida no hay pérdida.
Y ahora que me libro de mi atadura,
te confieso que en mi corazón tu recuerdo aún...
perdura.


Ahora que todo está inconcluso y que me doy cuenta
de que en mi propia prisión estoy recluso,
tus palabras asaltan mi mente y pierdo la batalla,
no siempre gana quien se calla y vaya a dónde vaya
este sentimiento me persigue y me conmueve con la anarquía
de guiar mi vida en lo que feliz me hacía.
Es sólo otra promesa muerta y vacía,
porque si todo se reduce a un segundo,
recuerdo las estaciones de cada día moribundo,
sin duda estoy sólo en el mundo,
y mi único rezo es suplicar hogar como un vagabundo.

Y si todo se reduce a esto,
no hay posible lamento,
me voy con lo puesto
a volver real lo incierto.

-Sergi Bosch

domingo, 11 de diciembre de 2011

Desde mi ventana.

Desde mi ventana veo el mundo,
es tan complejo y lo estudio...
Espero tu voz, pero es la noche
quien me llama...

Mi miedo mi refugio desde el ayer,
observo que mis ojos no te volverán a ver...
y ya no me arriesgo, algo habrá que hacer.

La luz de mi vida me la da el farol,
ilumina una triste noche bello candil
y me recuerda,
que quizás me equivoqué de carril.

Desde mi ventana miro al cielo
y muere todo en lo que creo.
Desde mi ventana, oigo un susurro, me llama
me espera la agonía del mañana
y espero vivir sabiendo qué quiero...
Desde mi ventana miro al cielo,
y muere todo en lo que creo.
Desde mi ventana, oigo un susurro, me llama
y espero llegar vivo a mañana,
para retomar el vuelo y levantarme del suelo,
pero es que ya no hay ningún consuelo...

Las nubes con el frío me acompaña,
y al mirar al espejo revivo
todo cuanto me daña.
Quizás no debería de haber comenzado,
puede que fuera un error haber empezado...
pero ya sin duda se ha terminado.

Y yo, sentado en mi cama acabado
espero un futuro en el que reciba
lo que doy y un presente no tan efímero.
Y me despido, hoy, adiós,
porque cada día esta más cerca mi partida
y ya me voy...

Desde mi ventana miro al cielo,
y muere todo en lo que creo.
Desde mi ventana, oigo un susurro,
me llama, me espera la agonía
del mañana y espero vivir,
sabiendo que quiero...

Desde mi ventana miro al cielo,
y muere todo en lo que creo.
Desde mi ventana, oigo un susurro,
me llama y espero llegar vivo
a mañana, retomar el vuelo y levantarme
del suelo...
pero es que ya no queda ningún consuelo...

-Sergi Bosch

martes, 15 de noviembre de 2011

A la deriva.

Soy un náufrago a la deriva,
mi corazón ya no late
y mis pulmones ya no respiran.
Vivo mi espera y no sé que espero,
pero jamás dudo cuánto te quiero.

Voy cambiando mis planes,
llorando la muerte de mis ideales.
Mi fuerte escudo refuerzo,
porque en la travesía de estos mares
rezo por perder de vista los males.
Que las velas resistan el golpeo
del viento incensante, veo cómo la brisa
y mi cabeza recuerdan tu sonrisa...
y el pasado rompe tan mágico instante.

Puede ser que mi destino sea vivir
y por eso sobrevivo.
Puede que tras la tempestad,
esté el camino y recuerde lo vivido.
Pero una y otra vez, esta fantasía
choca en mi realidad.

Soy un náufrago a la deriva,
mi corazón ya no late
y mis pulmones ya no respiran.
Vivo mi espera y no sé que espero,
pero jamás dudo cuánto te quiero.

Quiero volver a soñar, quiero...
recodar como era volar.
Y en esta mi prisión de hielo,
quiero, quiero una ilusión
que me quite el miedo.
El instante en el que te perdí
se torna dolor, el motivo...
se vuelve confusión.
Y quiero, quiero un fugaz momento,
salir de las tierras del destierro,
oler el perfume en tu cuerpo,
volver real lo incierto.
Y quiero, olvidar el deber
para aprender a vivir en el querer.

Cien mil millas me separan
de la última bocanada
de esperanza y mi corazón
y el tuyo se reencuentran
en la nada.
Sé lo que compartimos,
que somos muy diferentes,
como dos espectros, dos entes
entre la multitud de la gente.
Y lo que tanto nos diferencia,
lo que tanto nos distancia...
tu no paras de pensar y reír,
yo no dejo de levantarme para morir.

Soy un náufrago a la deriva,
mi corazón ya no late
y mis pulmones ya no respiran.
Vivo mi espera y no sé que espero,
pero jamás dudo cuánto te quiero.

-Sergi Bosch